La situación de Venezuela es difícil de entender para muchos venezolanos y, con más razón, para quienes viven en otras partes del mundo.

Un País dotado de inmensas riquezas naturales, que por concepto de petróleo y otros minerales ha recibido una cantidad incalculable de divisas, con un territorio cercano al millón de kilómetros cuadrados, apto para la agricultura y la cría y ríos proveedores de agua y con inmenso potencial hidroeléctrico; con una población mestiza ajena a problemas racistas, alegre, desenfadada y solidaria, que arroba al extranjero, al punto de no desear  regresar a sus puntos de origen.

Un País que goza de tales bendiciones debería estar entre los primeros del primer mundo, pero no hemos superado un tercermundismo a todas luces impropio, por cuanto jamás hemos tenido democracia, ni gozado de su principio fundamental: la soberanía popular.

En una suerte de auto compasión, hemos llamado democracia a los que no han pasado de ser regímenes «partidocráticos», donde un político, convertido en Presidente de la República, maneja al Estado con la soberbia propia de rey medioeval, rodeado de un ejército de aduladores, barraganas incluidas, que le hacen ver luces al final de un túnel, donde no hay más que obscuridad.

Todo esto tiene su fuente en un sistema electoral perverso, donde el ciudadano es un convalidador de decisiones ajenas, que vota pero no elige, que se acoge al «menos malo», ante la imposibilidad de elegir al «bueno».

Esta triste y perniciosa realidad debe cambiar. Las elecciones primarias universales para todos los cargos de representación popular deben ser imperativo constitucional; el voto popular debe designar a los magistrados del TSJ, al Fiscal General, al Defensor del Pueblo y a otros de similar relevancia.

Lo que ocurre con la actual Asamblea Nacional, manejada a capricho por Ramos Allup, Borges, Rosales, Leopoldo y Falcón, no debe repetirse jamás. De ello depende nuestro futuro. Votar para elegir debe ser la consigna.

27/01/2019