La respuesta de las fracciones que hacen mayoría en la Asamblea Nacional ante la solicitud de la Fracción 16 de Julio de que declarara «persona no grata» a José Luis Rodríguez Zapatero, confirma nuestra vieja sospecha de que los resultados del 6D, tan celebrados por los votantes que se creyeron victoriosos, no fue más que una pirueta política para hacerle creer a propios y extraños que en este País quedaba un resquicio de decencia electoral, de pulcritud a la hora de contar los votos y asignar los ganadores.

Como nosotros –desde ya tiempo– dejamos de creer en ataques de decencia «aquejando» a pillos tramposos, desde el momento mismo en que conocimos los resultados empezamos a buscarles una explicación lógica, pues la oficial, sostenida por rojos y azules, como dijo Cantinflas en la película Su Excelencia, nos parecía en extremo sospechosa y muy poco creíble.

Pues si bien las cifras eran factibles, el reconocimiento de ellas por parte de un CNE presidido por Tibisay Lucena, rayaba en lo novelesco. Esto no es una apreciación personal ni inédita, pues una mayoría abrumadora de la población considera que estamos siendo víctimas de tropelías electorales desde los años iníciales de este siglo.

La negativa, por vía de diferimiento, de declarar a Zapatero como un ser repugnante a la conciencia e intereses nacionales, viene a confirmar nuestras sospechas de que una falsa oposición nos ha llevado a degollinas electorales una y otra vez, sabiendo de antemano que los resultados se acomodarían a los intereses del régimen. Ahora, cuando se evidencia, sin lugar a dudas, que la victoria del 6D no fue tal y que tan solo sirvió para que los jefes de los partidos repartieran entre los suyos diputaciones y canonjías, sentimos que el sistema de partidos hasta la fecha imperante debe cesar, para dar paso a elecciones primarias y al real ejercicio de la soberanía popular.

25/10/2018