Una vez que Venezuela alcance su libertad, una de las primeras labores políticas que debemos abordar los demócratas es lograr que se realicen primarias para cubrir todos los cargos de elección popular. Esto lo hemos propuesto una y otra vez, pues tenemos la convicción de que desde 1958 hasta la fecha, la gente, que es la real propietaria del país, ha sido la invitada de piedra a la hora de las grandes decisiones.

Esto es posible gracias a un sistema electoral perverso que reserva para el ciudadano la función de votar, a la vez que le escamotea la de elegir, reservándose ésta última para los jefes de los partidos políticos que, como es de esperar, apuestan a sus ambiciones personales e intereses grupales, dejando para la masa electoral un diluvio de mentiras y de promesas imposibles de cumplir.

Es innecesario ser historiador para recordar el evento electoral del 6 de diciembre de 2015. Ese día, un pueblo entusiasta e ilusionado corrió a las urnas para castigar al chavismo, entregándole a la Mesa de la Unidad Democrática una abrumadora confianza que, como es sabido, fue puesta a la orden de los intereses de Acción Democrática, Primero Justicia, Voluntad Popular y un Nuevo Tiempo. La gente votó y se fue a sus casas a celebrar un triunfo que, en su momento, no percibió ajeno.

Ajeno, repetimos, pues el 6D ganaron los partidos y sus activistas. No tuvimos que esperar mucho para darnos cuenta de que éramos víctimas de una estafa y de que, una vez más, nos habían llevado al matadero de las esperanzas sin soporte y de las mentiras comprobables.

Hoy, un país asqueado espera que la Asamblea Nacional, acordada con el régimen, refinancie una deuda pública que nunca ha debido ser contraída. Mañana la MUD, mentirosa de oficio, pretenderá explicar las razones de su nueva traición.

16/11/2017.