El próximo domingo, 20 de mayo, es la fecha escogida por el régimen para realizar un acto electoral dirigido a relegitimarlo ante la comunidad internacional, la cual le es cada día más adversa.

El adelanto de siete meses, del diciembre acostumbrado al caluroso mayo, no es ni puede ser visto como un simple capricho del mandón, ni producto del nerviosismo producido por las crecientes sanciones estadounidenses.

A nuestro entender, es una estrategia fríamente calculada dirigida a generar desconcierto a un mundo al que se le hace difícil entender cómo un País, otrora rico, haya pasado a ser el más miserable de América Latina, sin que mediara una catástrofe natural o una guerra fratricida.

El circo electoralista montado por Maduro tiene un público a quien los payasos deben hacer reír con sus decires y maromas. Por una parte, esa audiencia está formada por países lejanos a quienes poco le importa la suerte de un País tercermundista situado en alguna parte de América del Sur, pero que tienen voz y voto en los foros internacionales; por otra, los pueblos mal informados y peor formados que piensan que las elecciones son sinónimos de libertad y que no distinguen el formalismo electoral del ejercicio de la soberanía popular y, por último, las futuras víctimas del comunismo, las cuales deben ser adormecidas antes de colocarles la inyección letal.

Somos fanáticos del voto y «votar para elegir» es la razón de nuestra existencia. Pero este domingo nos quedamos en casa, no como un gesto de indiferencia ante la suerte de la Patria, sino como una manera inteligente y eficaz de expresar un rechazo que llevamos en el corazón y que tiene pocas oportunidades de ser expresado.

Este fin de semana iremos a misa el sábado y a la vuelta compraremos el pan del día siguiente; de esa manera, cumpliremos con Dios y con la Patria.

15/05/2018