El voto es la herramienta fundamental de la democracia y el medio que utilizan los demócratas para dirimir sus diferencias.

Tal como lo afirmamos en este mismo Portal, el crecimiento demográfico acabó con la democracia directa; actualmente es imposible reunir a todos los habitantes de un país para que expresen, de viva voz, el nombre de los elegidos o la decisión que deba recaer sobre un determinado asunto. Por tanto, las sociedades modernas han construido sistemas electorales, a través de los cuales se facilita que la ciudadanía exprese su opinión sobre asuntos relevantes o elija a quienes deban cubrir los cargos públicos.

Pero ese sistema no sería de ninguna utilidad si no está conformado por personas dignas, de férreos principios democráticos y conscientes de la gran responsabilidad que se afinca sobre sus hombros. Además, de muy poco serviría si no contara con un registro de electores confiable y público, permanentemente auditado y depurado, fiel expresión del censo poblacional.

El sistema electoral es el constructor del poder político; toma la soberanía popular y la convierte en las instituciones y órganos del Estado encargados de velar por el bien común, de proteger los intereses colectivos sobre los particulares e impulsar el engrandecimiento de la nación.

Pero cuando en un país se vota, pero no se elige y cuando los llamados a administrar los asuntos electorales manejan los registros a su antojo y conveniencia, convierten los escrutinios en materia de negociación y de arreglos subalternos y sustituyen el poder constituyente del pueblo en mercancía oferente al mejor postor, votaciones y elecciones se equiparan a carnavales, tanto en dispendio como en ausencia de sustancia democrática.

Somos fervientes partidarios del voto, del voto que alcance el supremo objetivo de elegir, de ser fiel expresión del sentir popular y alfarero del destino nacional. En el voto negociado no creemos, pues conculca la libertad que recibimos como heredad de los padres de la Patria.

07/02/2018