Sufragio y Elecciones

Elección y sufragio son términos que individualizan conceptos indisolublemente ligados con la noción de la democracia representativa o indirecta como principio integrativo del esquema del Estado constitucional contemporáneo. Si es de la esencia de la democracia indirecta que el pueblo se gobierne por intermedio de sus representantes, no cabe duda que únicamente, es posible la operación de esta forma gubernativa a través de gobernantes elegidos por el pueblo directa o indirectamente por medio del sufragio. De aquí que todo lo relacionado con el régimen electoral haga a la substancia misma del Estado constitucional, y que un sistema electivo deficiente pueda hacer fracasar la más perfecta Constitución, quebrando en su misma base las instituciones populares. Bien se ha dicho que "los problemas constitucionales y electorales no pueden ser resueltos en ausencia de un método satisfactorio de elegir representantes".

"La raíz de todo sistema democrático es el sufragio —proclamaba ECHEVERRIA, sistematizando las bases de la Doctrina de Mayo, medula de las instituciones políticas argentinas—. Cortad esa raíz, aniquilad el sufragio, y no hay pueblo ni instituciones populares: habrá, cuando más, oligarquía, aristocracia, despotismo monárquico o republicano. Desquiciad, parodiad el sufragio, hallareis una legitimidad ambigua y un poder vacilante, como en el sistema unitario. Ensanchad el sufragio en la monarquía representativa y daréis entrada al poder al elemento democrático". Por eso no puede extrañar que otro de los Constructores del Estado constitucional argentino, SARMIENTO, escribiera que "todo sistema de gobierno de nuestro siglo, aun en los despóticos, se funda en la elección de las autoridades por el pueblo". A su vez, José MARTÍ, el ilustre Libertador cubano, afirmaba que "la voluntad de todos, pacíficamente expresada, he aquí el germen generador de las repúblicas"; calificando al sufragio como "el acto más trascendental de vida pública", y afirmando que "en una república, un hombre que no vota es como en un ejército un soldado que deserta". Conceptos que coinciden con la moderna opinión kelseniana de que "el sistema electoral es decisivo en la realización del grado de democracia, cuando el principio democrático no se traduce en la legislación directa del pueblo, sino en la elección por este de un parlamento".

Es que el sufragio está íntimamente conectado con la substancia del Estado constitucional, al extremo de que este último no puede existir sin aquel, en cuanto gobierno de poderes limitados, canaliza-do a través del cauce de la Constitución, y emanado de la voluntad popular. "El problema de la restricción está indisolublemente ligado con el de la división de poderes del gobierno —advierte FRIEDRICH—. Tal división puede tomar diferentes formas, las más importantes de las cuales son la separación funcional de poderes, en el sentido tradicional y la división territorial mediante alguna forma de federalismo. Para ambos propósitos la representación tiene una importancia fundamental. Distintas divisiones del cuerpo electoral, creadas y mantenidas bajo una Constitución, requieren la selección de distintos grupos de representantes entre los cuales puedan dividirse las diversas funciones del gobierno. Lo mismo es cierto bajo cualquier forma de separación de poderes".

Dentro de dicho concepto primario, ha afirmado la Corte Suprema "que en los países regidos por constituciones que han adoptado el sistema republicano representativo, como el nuestro, el pueblo, en cuyo nombre se dicta el estatuto fundamental, es la fuente originaria de la soberanía. Que el medio esencial de poner en ejercicio dicha soberanía es el voto de los ciudadanos a efecto de constituir, directa o indirectamente, las autoridades de la Nación. Que esta prerrogativa preciosa del ciudadano es irrenunciable, por cuanto constituye el fundamento del gobierno, sin el cual no es posible la existencia del Estado".

"Bueno o malo, aceptable o digno de reprobación -escribía POSADA, en su clásico estudio sobre el tema-, el sufragio es un hecho consagrado en todos los pueblos cultos. Estimase en muchos como la base principal del Estado, como el órgano más inmediato de la soberanía y como el juez inapelable en las cuestiones políticas en algunos, y en todos, como uno de los factores indispensables del gobierno. Esta universalidad del sufragio y la fuerza indudable que en todas partes se le atribuye explica sobradamente la importancia que el mismo tiene, tanto en la doctrina como en la práctica, y justifica, además, la atención con que filósofos, tratadistas y hombres de Estado lo estudian, y el afán con que, estos últimos sobre todo, procuran resolver las complejas cuestiones que entraña un funcionamiento regular y constante del sufragio".

Sostiene HERAS que "la generalización del régimen político representativo coloca en primer plano el problema de la técnica electoral como medio de hacer efectiva la participación indirecta del pueblo en el poder. La elección constituye la manifestación más generalizada del sufragio político". Por eso ha podido decir Joaquín V. GONZALEZ que "la ley electoral es la base de la existencia de la Constitución; es la vida misma del régimen representativo republicano que nos hemos dictado"; y puntualiza que "esta cuestión de hacer prácticas las libertades políticas consagradas en la carta fundamental, ha sido y será, en todos los tiempos, el origen de todas las revoluciones internas; ha sido y será el tema privilegiado de todos los partidos políticos; y ha sido en nuestra América la causa generadora de todos los agravios que los pueblos del Norte y del Sur acumularon contra sus antiguos dominadores monárquicos. En nombre de esos derechos restringidos, de esa libertad limitada, de tomar parte en la formación de sus gobiernos, es que resplandecio en la tribuna inglesa la elocuencia no superada hasta ahora de Burke y la de Canning, y que en los albores de nuestra vida independiente produjo también páginas inmortales de Moreno, del Deán Funes y otros ilustres fundadores de nuestra República".

A través de la evolución de las instituciones, no existe duda de que la teoría de la representación política, que originariamente apareció encerrada exclusivamente en el ámbito jurídico, ha ido rebasando el envase primitivo y hoy abarca también el plano sociológico. DUVERGER —que ha estudiado con dedicación y brillo tan importante sector de la ciencia política— puntualiza, así, que "en el origen, la teoría de la representación política descansa sobre un plano esencialmente jurídico. Es la antigua noción del mandato que permite salir del circulo vicioso en que se encerraba la doctrina democrática". Las consecuencias de este enfoque unilateral fueron aumentar la distancia que lo separaba de la doctrina democrática. "Admitir que varios miles de ciudadanos encargan a un solo mandatario que los represente, no se conformaba con la más pura noción de democracia. Imaginar que el conjunto de ciudadanos reunidos en un cuerpo daban un mandato colectivo al conjunto de diputados, era una ficción jurídica que podía satisfacer la conciencia lógica de los doctrinarios, pero que se alejaba más y más de la idea de un gobierno del pueblo y para el pueblo. El desarrollo de las ciencias sociales fue lo que iba a permitir el retorno de un camino equivocado". Señala DUVERGER que el primer paso en tal sentido se cumplió a fin del siglo pasado con la aparición de las doctrinas de la representación proporcional, cuyas finalidades políticas fueron excedidas bien pronto. En la expresión representación proporcional, el termino representación no está empleado en el sentido jurídico tradicional. No designa una relación entre dos personas —mandante y mandatario—, sino una relación de hecho entre la opinión pública, tal como es expresada en las elecciones, y la composición del parlamento, tal como resulta de dichas elecciones: trátase de asegurar una semejanza entre ambas: "Esta cuestión de semejanza no se encontraba en la teoría clásica. Al menos bajo esta forma".

La teoría clásica postulaba la identidad entre mandatario y mandante, pero se trataba de una identidad jurídica, formal, ficticia. Se supone que el mandatario actúa como el mandante, ser el mandante, pero no se tienen en cuenta sus semejanzas y desemejanzas concretas. Poco importan las opiniones del mandatario y las del mandante; la teoría del mandato no asegura una representación de opiniones sino de voluntades, y no de voluntades reales sino de voluntades jurídicas. Las investigaciones modernas de la sociología electoral se encaminan en el mismo sentido que la teoría de la representación proporcional: conducen a considerar la elección como un modo de expresión de opiniones.

El parlamento es considerado como una imagen del país, como la reproducción a escala reducida del conjunto de electores; representa la nación como un retrato a su modelo y no como un mandatario representa a su mandante.(1)

1 Linares Quintana S.V. Tratado de la Ciencia del Derecho Constitucional. Editorial Alfa. Buenos Aires, 1960. Pags 10 y sig