Historia de la democracia

1. La democracia. —Este es el término oficial que designa el estado político que prevalece en Atenas durante el siglo v. Pericles lo emplea en la admirable Oración fúnebre que Tucídides le atribuye (II, 36-41) y que podría constituir el manifiesto del régimen. Otros textos lo aclaran: los versos de Eurípides en las Suplicantes (406, 429 y sigs.) y la famosa escena en la que, cómo hemos visto antes, Herodoto (III, 80), bajo el artificio de un relato oriental, ofrece una discusión sobre las tres formas elementales de Constitución: monarquía, oligarquía, democracia. Los discursos de Isócrates y Demóstenes en el siglo iv permiten, entre otros, seguir la evolución de las ideas. No hay que dejar a un lado los puntos de vista, a menudo lúcidos, de los detractores de la democracia: Aristófanes, el seudo Jenofonte, Platón, etc. La palabra "democracia" designa, en principio, el gobierno del pueblo. Pero, al oponerla continuamente los políticos a los términos "tiranía" (o monarquía) y "oligarquía", fue definida en relación a éstos, más que en sí misma. Además, recibió acepciones bastante diferentes según las épocas y los partidos; y los polemistas se dedicaron muy pronto a distinguir una democracia de Solón, de Clistenes, de Pericles o de Cleón. Y éstas son, en efecto, muy diferentes entre sí.

A) LA IGUALDAD POLÍTICA. — Los demócratas se refieren, en primer tér­mino, a la igualdad política. En el pasaje de Herodoto, citado antes, la palabra "democracia", conocida por el autor, no figura, siendo sus substitutos isegoria e isonomia. También Pericles invoca en primer lugar a la igualdad en la Oración fúnebre. Los demás términos que constantemente se emplean para caracterizar a la democracia tienen el mismo prefijo: isocratia, etc. Así, un Estado democrático es aquel donde la ley es la misma para todos (isonomia) y donde es igual también la participación en los negocios públicos (isegoria) y en el poder (isocratia). En la época, esta adhesión a la igualdad descansa sobre temores muy apremiantes. Protege a las clases populares de una reacción oligárquica, que las expulsaría fuera de las asambleas, y a las grandes familias de una tiranía apoyada en el pueblo, que las anularía políticamente. Además de esa vinculación estrecha con la coyuntura, la consigna tiene, como en nuestra época, todo género de armonías morales y filosóficas que la avalan. El desarrollo, muy abs­tracto, de Eurípides relativo a la igualdad cósmica, sobre el que basa sus críticas contra la tiranía, muestra suficientemente que el problema había encontrado una amplia difusión (Suplicantes, 407; Fenicias, 541 y sigs.). Barrera contra el abuso de la fuerza (Hybris) y contra los apetitos exce­sivos (Pleonexia), la igualdad desempeña en el universo político la misma función que la "medida" (Sofrosine) en el universo moral. A la inversa, los detractores y reformadores de:1 régimen ven en la igualdad la principal tara de la democracia y tratan de suprimirla o atenuarla. Su gran argu­mento será que se trata de una igualdad aritmética puramente abstracta y nefasta (teoría de la élite), o bien de una creación puramente convencional y opuesta al orden natural (individualismo).

B) LA IGUALDAD SOCIAL — El partido democrático adoptó algunas medidas de carácter social: mistoforia, o indemnizaciones destinadas a favorecer la participación en la vida pública, medidas de asistencia pública a los indigentes. Se ha hablado de "socialismo de Estado", pero es una expresión engañosa. Es cierto que algunas doctrinas comunistas o comunitarias pudieron florecer en el siglo v; algunos nombres, como el de Faleas de Calcedonia, han sobrevivido; las teorías llamadas "comunistas" de Platón son, quizá, una manifestación de una corriente más general; la Asamblea de las mujeres, en que Aristófanes caricaturiza la comunidad de bienes y de mujeres, es otro índice, pero se sitúa decididamente en el terreno de la utopía. En realidad, ningún político formuló una doctrina o siguió intencionalmente una política de igualdad social. Las medidas que generalmente se citan en este campo proceden de las necesidades de una coyuntura o de un estado de ánimo totalmente diferente. En efecto, los desequilibrios sociales son el azote de las ciudades desde hace más de un siglo y la democracia, logro de una burguesía ilustrada de armadores y comerciantes, debe organizar un mínimo de distribución como paliativo para impedir que el conflicto tome un carácter agudo, para hacer participar a cada clase en los incrementados recursos de un Estado en expansión y para asegurarse, por otra parte, una clientela que pueda ejercer sus derechos, políticos. En segundo lugar, tampoco los sistemas fiscales corresponden a un espíritu igualitario, sino a la idea, totalmente diferente, de que el ciuda­dano más favorecido debe más a la Ciudad. Los discursos de Demóstenes muestran suficientemente (especialmente IV Fil., 36-45) que la democracia toma en consideración, ante todo, el interés global de la Ciudad y que, en nombre de la salud del Estado, se pide a los ricos que no regateen en los pagos que deben hacer para sostener la vida de la República y a los pobres que no crean que el tesoro del Estado debe servir para su propio sustento. La fortuna de los ricos es el tesoro del Estado.

C) GOBIERNO DEL PUEBLO. — La soberanía reside por partes iguales en el conjunto del cuerpo cívico, y cada cual está obligado a ejercitar esa soberanía. Ser ciudadano es ya una función. El ideal de la época de Pericles consiste en un hombre comprometido ante todo en los negocios de la Ciudad, bien para mandar, bien para obedecer. "Pues somos los únicos que consideramos no hombre pacífico, sino inútil, al que nada participa en ella (la cosa pública)" (cita según la versión española de Francisco R. Adrados) dice Pericles en la anteriormente citada Oración fúnebre. Esta sobe­ranía no tiene límites. La imagen del demos burlesco pero todopoderoso que nos ofrece Aristófanes es caricaturesca, pero el trazo sigue siendo exacto: la asamblea del pueblo, y sólo ella, es omnipotente; el poder judicial está en sus manos; ningún cuerpo intermedio equilibra su poder, aunque los demócratas más conservadores, inquietos por esta libertad sin freno, tratan de resucitar los que la evolución democrática ha desmontado, el Areópago, por ejemplo.

El poder ejecutivo no sirve en modo alguno de contrapeso. La rotación acelerada de los magistrados y la colegialidad de las funciones lo debilitan; el ostracismo permite desterrar a cualquier personalidad que parezca cobrar demasiada importancia. La preocupación esencial parece ser defender el régimen contra la influencia particular de un individuo o de una camarilla. Cuando Alcibíades, adornado de todas las seducciones que podían conmo­ver a un ateniense, intente arrastrar tras sí a la juventud y a los ambiciosos y dárselas de hombre providencial, Atenas cederá siempre lo bastante como para perdonarle, pero nunca para abdicar. Y Pericles, antes que él, hubo de luchar a la vez para afirmar su prestigio y para desarmar las des­confianzas que precisamente éste suscitaba.

Hay que añadir que, en esta época, las magistraturas eran, en su mayoría, sacadas a suerte. Y esto no sólo porque la suerte era considerada como la manifestación de la voluntad divina, sino, sobre todo, porque el procedimiento parecía a los demócratas el mejor medio de mantener la estricta igualdad inicial de posibilidades. En efecto, tiene en jaque el prestigio del origen, de la riqueza o de la gloria militar y permite refrenar las miras autoritarias de un individuo, de una fracción o incluso de una mayoría e impedir, en prin­cipio, las intrigas dentro de la Asamblea. Por último, los demócratas afirman más fuertemente aún mediante ella que la soberanía no reside sino en el pueblo y que no se delega jamás. Las magistraturas sometidas a elección, tales como la función de estratega, durante un tiempo adquirieron importancia por el hecho de que eran las únicas en las que un programa político o cualidades personales podían determinar la elección. Tuvo su hora de éxito, pero es significativo que este mismo éxito no suscitara en los pensadores democráticos una verdadera teoría política de la elección. La elección siguió siendo tachada de espíritu aristocrático (en el sentido más general de la palabra) y solamente fue elogiada por los, teóricos que afirmaban la necesidad de competencia en los gobernantes y que de­seaban que el Poder estuviese en manos de una elite (Hipodamos de Mileto, Isócrates, etc.). Como quiera que sea, la estrategia pierde, en el siglo iv, su importancia en Atenas; la des­confianza la derrota. Y puede decirse que incluso antes de Queronea (338), la democracia ateniense agonizaba a consecuencia del predominio de los órganos de control sobre los órganos de autoridad.

Tampoco cabe esperar que la Constitución desempeñe un papel regulador, ya que el griego no da a las leyes constitucionales un lugar especial entre las leyes. Nada obstruye en la democracia el poder legislativo de la Asamblea, a no ser la ley ya existente. La grafé paranomón —o acusación de ilegalidad— frena tan sólo al orador imprudente, prohibiéndole proponer, sin precauciones, disposiciones contrarias a las vigentes. Nos encon­tramos con un problema más general; la palabra politeia, en griego, es a la vez más amplia y más restringida que nuestra palabra "Constitución". Designa simplemente el régimen, y también el conjunto de la legislación que rige la polis. Esto no debe de ningún modo engañarnos: conserva un valor polémico quizá más próximo al que la palabra "Constitución" podía tener en el siglo xviii francés que al valor jurídico y estabilizado que esta palabra tiene en nuestros días. Los autores moderados y conservadores en los que prin­cipalmente florecieron "politeiai ideales", quizá concibieron estas "constituciones" principalmente como limitaciones a la licencia popular''. Inversamente, Demóstenes entiende por politeia, cuando la opone a tiranía, un régimen basado en leyes, por oposición a cualquier régimen basado en el simple ejercicio de una autoridad personal. Tanto en uno como en otro caso, se establece la noción contra un determinado despotismo. Pero esta utiliza­ción no contribuye ni a enriquecer ni a precisar un concepto que permanecerá borroso durante toda la antigüedad, excepción hecha de las investigaciones de Aristóteles y de sus discípulos.